Debo ir a cancelar la luz a la tienda que han instalado los soldados romanos ya no tengo nada que darles de comer a mis hijos; apenas un caldo de hueso, una cabeza de pollo, un zurullo de albóndiga, una plasta culeiforme de cuerpo lánguido de pescado (contaminado con los derrames de petróleo) todo se tira a la olla mientras, revuelvo con esta vieja pala de madera el hambre de mis hijos con sus mocos y sus hipos entre tortilla y tarifas a la hora del tentempié.
Debo cancelar puntualmente antes del corte de luz mientras, el César se llena los bolsillos con nuestros exiguos billetes para la insaciable dieta de huesos petrificados.
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