Náufragos al Fin del Sur
C A P Í T U L O I
Recuerdo que una vez estaba subiendo a una avioneta rumbo a Guadilanajó por una escalera angosta y, cuando me faltaba pisar el penúltimo escalón me vine guarda abajo. Me sujeté un rato con mis manos hasta que el capitán de la nave : Peter José Maulen se acuclilló y, me levantó de un ala donde se encontraba él.
-Menos mal que eres la última- me dijo en tono amistoso mientras, me cerraba un ojo y, levantaba las cejas; tomándome de la cintura cruzamos la barrera del vacío hasta la puerta de entrada.
Entré, pero no podía creerlo: el interior de la nave estaba forrada con papeles murales descoloridos y despegados por los aguaceros de las alturas; además sus colores eran de pésimo gusto y aguachentos chorreados por las aguas lluvias que pegaban en forma vertical sobre los ventanucos semi cerrados y diminutos donde el viento susurraba por los recovecos de la miserable avioneta.
Me di la vuelta, abrí la puerta de escape para pisar la pista e irme a casa lo antes posible pero,¡no resultó! Quedé colgada de la manilla mientras, las azafatas y el capitán me enlazaban los pies con una soga. Entonces, quedé colgando cabeza abajo gritando:
-¡Ayuda por favor, soy muy joven para morir!
-En eso estamos – dijo el capitán junto a las azafatas.
-No se los digo a ustedes- les respondí- no quiero morir en su avioneta apestosa.
-Pero usted ya tomó el pasaje señorita y lo tiene que ocupar de lo contrario no hay problema, puede saltar a la pista de aterrizaje.
-¡Noooo! Grité llorando histérica por última vez.
-¡Suban a esa mujer!-refiriéndose a mi, ordenó el capitán con voz autoritaria. Todos obedecieron con rapidez pues, él era el único
piloto de la nave. Cuando me subieron con la cabeza colgando pude divisar a cuatro locos fortachones empujando la cola del avión.
-¡Esperen un poco! Que suba esta señorita que da tanto quehacer les gritó el capitán a los atletas que corrían detrás del avión.
Cuando ya estuve arriba cerraron la puerta con un fierro de alguna demolición. Se me olvidaba contar que alcancé a ver una docena de personas agarradas al techo, igual a los techos de los trenes hindú. Gente bastante modesta que no les alcanzaba para el pasaje. Por las ventanas se alcanzaban a ver sus cuerpos volando por los aires pero, aún
sujetos al avión.
A mi me hicieron sentar en el mejor asiento: una especie de silla sillón al que le emergían resortes y, sus patas se amarraban a la avioneta por un costado y otro a través de un orificio que se tapaba con una especie de scotch.
Comencé a rezongar pero, el resto de los pasajeros estaban acostumbrados así que me hacían callar cada vez que entreabría mis labios y lanzaba el más mínimo quejido.
El Capitán se sentó en su puesto para maniobrar la nave que en esos momentos era empujada por los cuatro hombres macizos e hiperkinéticos que hizo que la nave tomara más velocidad que lo que toma un avión
normalmente. Ya en pleno vuelo, me fui directamente al w.c. Me senté apurada e hice lo que tenía que hacer (dos contundentes melocotones) pero, como sentí un airecillo a mis espaldas, me levanté precipitada a poto pelado viendo cómo éstos volaban en dirección al avión que se aproximaba al nuestro. Miré asombrada por el hueco donde antes me había sentado. Las nubes borraban toda evidencia
¡por suerte! Finalmente me subí los pantalones y, al abrir la puerta escuche al Capitán Peter José Maulén a través de un megáfono, dirigirse a los tripulantes:
-Señores pasajeros debido a las intemperancias del tiempo les ruego saquen todos sus brazos
por las ventanillas y ayuden a planear con sus manos.
-¿Porqué?- pregunté yo más intrusa que los demás ¿no es ésta una avioneta?
-¡No!- respondió Peter tajante y claro.
Sentí que el mundo se me venía abajo así que me senté en mi asiento con mucho dolor por los resortes todos sueltos e hice lo que me pedían.
Los pasajeros del avión que iban a nuestro costado nos hacían burla y, se reían al vernos aletear en el espacio a todos juntos y al mismo tiempo como si estuviéramos remando sin embargo, mi melocotón manchaba casi la mayor
parte de sus ventanucas y, yo a través de las más diversas señas se los hice saber hasta que entendieron mi mensaje.
Vimos gente vomitando o asqueados hasta decir basta. Cuando pasamos las montañas y divisamos el mar, me dio una gran alegría pensando para mis adentros, ¡al fin! Aterrizaremos en el mar y, podremos nadar libremente.
El capitán nos hizo vaciar todas nuestras maletas y, tirarlas por las ventanillas.
A la Petronila se le quedaron enganchados sus calzones y sostenes en la ventana y, me dijo:
-Lo hice a propósito y, me mostró el hilo de volantín con los que lo agarraba-no quería perderlos - me insistió. Pero pasó la azafata con una tijera y los cortó. Parecían volantín como se volaron y tomaron altura desapareciendo entre las nubes.
Pronto fuimos descendiendo cada vez más entonces, se abrió una especie de compuerta en medio del pasillo así que tuvimos que afirmarnos como pudimos pues, el viento nos zarandeaba para todos lados hasta que de un zuácate nos tironeó hacia el mar casi a todos al mismo tiempo menos a la Petronila que se enganchó su portaligas en uno de los clavos de la avioneta. Bailó durante un rato hasta que los cortó con tijera.
A los hombres que iban en el techo les resultó más fácil todavía tirarse de piquero al mar.
Cuando logramos reunirnos todos, el Capitán
Peter José Maulen con su dedo índice señaló tierra.
En esos momentos nos dimos cuenta que muchos pasajeros habían abordado el techo de ese esperpento convertida desde ese mismo momento en lata de salvamento con sus animales domésticos escondidos durante todo el trayecto en las maletas: perros, gatos (que odiaban el agua) y un espectacular loro choroy que nos silbó música clásica mientras braceábamos hacia la playa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario