Cuando regresé separada de mi pareja desde Alemania junto a mi hijo, mi papá me dijo que no podía seguir viviendo en su casa y que buscara dónde irme. Había visitado a Nicanor un par de veces y, me ofreció su parcela desocupada (que sólo iba de vez en cuando) en la Rinconada El Salto.
Acabo de llegar hoy en la noche con Pablito (mi hijo de un año) a Conchalí. Estoy contenta de encontrarme bajo techo y todo ésto gracias a Nicanor por prestarme este sector de la casa (dos cuartos diminutos como jaulas unidos entre sí). Nicanor vive en la otra parte de la mansión con todas las comodidades absolutamente separado del resto de la casa y que la deja constantemente con un fierro atravesado para que nadie ose entrar. Su biblioteca enorme llena de libros, que queda en el sector de la casa dónde me he instalado yo, también la deja permanentemente clausurada.
El jardinero de mi mamá me ayudó a entrar las cosas. Lo más contundente fueron mi cama, la cuna de Pablito y la cómoda. No tengo cocina así que me alegro que Nicanor la tenga y, ¡hay refrigerador! salto en una pata de alegría; fui a dar el agua para lavarme los dientes ¡no hay agua!, vi el líquido acuoso en un tambor y de ahí saqué un vaso pero me salió nadando un tallerín y me acordé que Nicanor me dijo el otro día que cuando se servía su te o café siempre le aparecían restos de arroz o de salsas y, le preguntó a la Ceci (una extraña amiga de Nicanor) que qué era eso y ella que también vivía allí por temporadas, no dijo nada. Ariel fue el que le comunicó a Nicanor que la Ceci lavaba los platos completos en el tambor y, ni siquiera le sacaba las mugres. Después teníamos que andar colándola con colador.
Las grietas del cuartucho, me asustaron un resto y le pregunté a Ariel si por ahí se alcanzaban a colar los ratones. Me aseguró que ¡no! No podría dudar de la palabra de ese enorme gilote moreno que más parece monje que cualquier otra cosa. Sugirió que barriera todas las telarañas de los rincones del techo.
Ariel cumple las más diversas funciones en ese caserón. Desde mozo, jardinero, hasta mecánico. Le hace a todo. Además es un gran filósofo, un pensador en bruto.
Los tambores se llenan con agua de lluvia de sospechosa procedencia pues, cae del techo donde deambulan ratas.
Desde el primer día de mi llegada, comencé a buscar "Jardín Infantil" a Pablito, cosa que me dejara las manos desocupadas para hacer lo que necesitaba hacer durante el día. Con la bicicleta que traje de la casa de mis papás, salí por el camino empedrado en pleno campo, en busca de mi objetivo.
Capítulo Tercero
¡Vacaciones! me fui con Pablito a Isla Negra.
Estoy trabajando en el último libro de Nicanor "Hojas de Parra" pasándolo a máquina, ordenándolos, corrigiéndolos uno por uno; modernizándolos; dándoles mayor velocidad pues, se maneja con mucha lentitud en sus párrafos y el sentido cambia del cielo a la tierra, no tiene ritmo, le falta musicalidad ¡es un completo desastre! me cabeceo para agarrar el hilo a la madeja; le estoy haciendo las críticas correspondientes a cada texto lo cual, hace que Nicanor pula, corrija o destruya.Así que me los comenzó a leer uno por uno en voz alta para que yo le señalara los errores y, si tenían excelencia para la apreciación de un editor.
La gran mayoría no hay como pescarlos por ningún lado y, muchas veces me tapo los oídos con las dos manos cuando me lee en voz alta y están chirriando. No hay cosa que me moleste más que me lean cosas mal escritas a viva voz y, el insiste de puro catete como si le gustara irritarme. Lo hace a propósito joder por joder.
Lo que me parece más curioso es que la mayoría de estos textos han salido de nuestras conversaciones pues, Nicanor es un tipo bastante conservador incluso a mi me parece tan empaquetado que ni siquiera me interesa contradecirlo pero, él se las ingenia para hacerme hablar y opinar libremente luego, aparecen por arte de biribirloque en sus textos mis apreciaciones que yo misma se las corrijo. Eso sí, él es una persona muy muy culta pero no saca nada con leer tanto pues el talento en la escritura lo da o lo quita el Gran Maestro Gran. Las palabras deben ir en un lugar preciso para darle fuerza y sentido a lo que una construye en forma espontánea.
Nicanor, raya una y otra vez sus cuadernos, como si no estuviera seguro de lo que está escribiendo.
Le dije: ¿qué sucedería si le contara de todos mis aportes a su editor?
"Nadie le creería pues yo soy Académico de la Lengua. Un prestigioso Catedrático de la Universidad" y, se rió socarronamente.
Entonces, le dediqué el siguiente micro poema:
Al canasto de la basura
de un zuácate te lancé
con un lápiz en la frente
y una goma por los pies.
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