La semana pasada hubo un día que:
frente al ineludible golpe y porrazo
del enigmático quehacer afiebrada por oscilaciones
de vacío irresoluto
no quería saber más de mí
ni del territorio que habitaba
prendido con alfileres que me circundaban.
Con la acostumbrada estratagema extravagante de comedianta apagué el interruptor
de mi imaginación inexcusable
y, al acostarme, convertí mi
estatua en fósil tieso petrificado.
Soñé en mis sueños frente a un farol encendido
que me iluminaba y volví a sentir
como la sangre corría vertiginosa
por mis venas y con ese ímpetu,
me reencontré conmigo misma en el lecho adormilada; regresé a ser más lúcida y
límpida como nunca antes había
siquiera imaginado.
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